Se va, haga lo que haga se va, ya no tiene retorno, se calza los anteojos, los auriculares y se va, deja sólo un cuerpo inerte, me deja sus restos, sus despojos, una bolsa vacía de piel y huesos, de carne sin alma, de ropa prolijamente distribuida en una percha orgánica, una nada visible en un todo indolente, insolente e hiriente. Se va y ya no me importa, lo peor de todo es que, de un tiempo a esta parte, ya no me importa. Antes no, antes me desvivía por saber a dónde iba, por tener aunque fuera una pista de qué mundos visitaba. Antes le preguntaba dónde había estado cuando volvía, cuando se desconectaba y me miraba con esa mezcla de resignación y desprecio, con esa cara que decía a gritos ¿volví para encontrar esto? No me importaba el gesto, no me importaba lo que significaba, antes no me importaba, de todas maneras le preguntaba y sabía que no iba a tener respuesta, sólo algunas evasivas inconexas, sólo generalidades. No me importaba, para mi era, por lo menos, un intento de conversación, de diálogo, de contener la inundación poniendo un dedo en el agujero del dique, de ignorar la devastación que se venía, de negarla y, negándola, demorar su llegada, de suponer que si no la asumía podía suceder que nunca viniera. Antes no me importaba el desprecio porque todavía me importaba lo que podíamos tener, lo que, me ilusionaba, podíamos recuperar. Recuperar, recobrar, volver a tener lo que alguna vez tuvimos. Antes no me preguntaba si era real que alguna vez tuvimos lo que yo creo que tuvimos o era sólo una rutina más de mis propios anteojos, una simulación, una vida virtual de las tantas que podía diseñar en mi propia app. Antes no me hacía esta pregunta. Antes, cuando todavía yo no estaba roto, cuando todavía podía creer en ilusiones, cuando me decía que era sólo un mal momento, que todo podía cambiar, que todo podía volver a ser como era. Antes, cuando las capas de realidad no se superponían, no se sumaban, no se mezclaban. Antes, cuando la vida era únicamente orgánica, cuando ella reía con mis bromas, cuando buscaba mi compañía, cuando la mejor idea que se le ocurría para perder el tiempo era bromear conmigo. Antes de los anteojos y los auriculares. Antes de las desapariciones presentes, antes de las ausencias permanentes. Ahora se va, y lo peor no es que se vaya, lo peor es que elige irse estando presente, dejándome el martirio permanente de poder tocar su ausencia.
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