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Beneficios para los colonos

Cuando llegaron al planeta tenía apenas diez años de edad y una infinita tristeza. No entendía por qué habían tenido que abandonar su hogar en la Tierra, por qué había tenido que dejar a sus amigos atrás ni por qué habían tenido que viajar a un lugar tan remoto que hacía casi imposible pensar en la idea de algún día poder volver. Si el trabajo los obligaba a irse tan lejos, a vivir en un mundo totalmente desconocido, entonces sus padres deberían cambiar de trabajo y listo, no era su culpa que en la Tierra ya no existieran casi oportunidades para granjas pequeñas ni que el dinero no alcanzara. No entendía nada ni quería entender acerca de los beneficios que la corporación agrícola otorgaba a los colonos ni las hectáreas de tierra que acompañaban a la vivienda que les entregaban, vivienda con la que ni siquiera podrían soñar en su planeta original. No entendía, no le importaba y no quería entender. Por más que la nueva casa fuera cálida y luminosa, por más que los suelos fueran fértiles y muy favorecedores para el cultivo, por más que sus padres hubieran vuelto a sonreír, estaba desolado y sentía que su vida ya no tendría ninguna posibilidad de felicidad a miles de años luz de distancia de todo lo que conocía. No iba a hacer ningún esfuerzo para adaptarse, no quería adaptarse y, tal vez si no se adaptaba, sus padres tampoco lo lograrían del todo, entenderían que habían tomado una decisión equivocada y, aunque no pudieran volver atrás, lo acompañarían en su tristeza. Fue en esos duros primeros tiempos cuando su padre, un hombre tan bondadoso como firme, le impuso una tarea conjunta que convirtieron casi en un mandato religioso. Por cada cosa nueva que aprendieran sobre el planeta en el que ahora vivían, iban a plantar un árbol en las tierras que les habían asignado, en una pequeña colina que habían destinado a pastura para el ganado. Al principio la tarea no le generó un gran entusiasmo, no más que las que le asignaban en la escuela pero poco a poco le empezó a tomar el gusto. Era algo que hacían juntos, era tiempo de calidad que podía pasar con el hombre al que no quería odiar por haberlo sacado de su vida y era, y esto lo comprendió después de un tiempo, llevar un poco de vida propia a su nuevo lugar. Los árboles crecían germinando las semillas que sus padres habían traído desde la Tierra y en su mente de niño era como traer a su nueva vida de colono una parte de la esencia de su vida anterior como granjero. De a poco empezó a interesarse más en conocer el nuevo planeta que habitaban, su geografía, sus poblaciones incipientes, los climas esperables, las especies autóctonas, los ciclos naturales. Cada dato nuevo que aprendía corría a compartirlo con su padre para analizarlo juntos y establecer relaciones e hipótesis sobre las implicancias de la nueva información. Y claro, para plantar un nuevo árbol en la colina que, de a poco, fue convirtiéndose en un montecito que regalaba sombra al ganado y frutas frescas a la familia. Pasaron los años y la costumbre se mantuvo. El montecito se convirtió en monte y después en bosquecito y los árboles retoñaron y se multiplicaron por la fuerza de su propia naturaleza y los pájaros llegaron y anidaron y pequeños animales lo convirtieron en su hogar, incluso varios que nunca hubieran podido ver en la Tierra.
Cuando formó su nueva familia mantuvo la idea y sus propios hijos los ayudaron a continuar sembrando un bosque que ya ocupaba toda la colina y se nutría de los conocimientos que descubría la nueva generación, ante la felicidad de padre y abuelo que, hacía mucho ya, sabían que nunca iba a dejar de crecer.   

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