Ir al contenido principal

El último acto

Un desperfecto en los propulsores lo obligó a salir del túnel en un lugar equivocado, demasiado cerca de un agujero negro enorme cuya atracción gravitacional había, probablemente, complicado el rumbo trazado originalmente. El problema se agravaba justamente porque ese defecto en los propulsores le impedía escaparse de la fuerza gravitacional que marcaba un final inexorable para su viaje, perdiéndose en la oscuridad y el silencio para toda la eternidad. Tantos años de recorrer el espacio le habían enseñado a no desesperarse ante ninguna circunstancia, por lo que en lugar de angustiarse sopesó detenidamente sus posibilidades mientras su nave flotaba lentamente hacia el que, parecía, sería su último acto. Y justamente este pensamiento fue el que empezó a molestarle, su último acto no podía, no debía ser desaparecer en la nada sin ninguna consecuencia visible, sin que nadie siquiera se enterara. Algo tenía que poder hacer para torcer su destino y, después de evaluarlo todo, entendió que justamente eso era lo único que podía hacer, torcer su destino con el resto de propulsor que todavía funcionaba y dejar que su nave impacte contra una de las cinco estrellas que orbitaban el agujero negro en una danza de equilibrios entre su energía y la voracidad que las retenía. Debía calcular el rumbo preciso y torcer apenas su deriva para interceptar la órbita de alguna de ellas en el momento exacto y allí terminar su viaje. Parece poco pero era mucho, era la posibilidad de decidir su destino por voluntad propia. Era, ni más ni menos, ser un ser humano hasta el final. Le pidió al computador central de su nave que calculara el nuevo derrotero y ahí surgió la primera dificultad para su plan. La AI que controlaba todos los sistemas de su nave se negaba a calcular el rumbo de colisión con una estrella, rumbo que terminaría con la existencia de ambos junto con la nave que los llevaba. Explicarle que no había otra posibilidad se hizo tremendamente complicado, la heroicidad o el romanticismo no formaban parte de los núcleos centrales del razonamiento de una máquina. La idea de libertad era sólo un pensamiento abstracto tan propio de los humanos pero sin ningún valor específico para una unidad que estaba programada para el servicio de otros seres y sólo accedió a hacerlo cuando le explicó la última y más poderosa razón que tenía para elegir ese final y no el que tenían frente a ellos.
Ejecutaron la maniobra y la nave cambió ligeramente su curso mientras seguía acercándose al agujero negro que ocupaba el centro de la galaxia, un cambio ligero pero suficiente para asegurarle el cruce con la estrella que venía a toda velocidad por el tercer cuadrante. Y entonces se recostó en su butaca de piloto y pensó en todas las cosas que había visto en tantos años de viajes por el universo. Pensó en una pareja de cometas que se perseguían por millones de años sin alcanzarse nunca, en los dedos de la explosión en la nebulosa de Orion sólo visibles por la radiación infrarroja captada por su visor, en los cúmulos estelares deshaciéndose lentamente por acción de las fuerzas gravitatorias que van encontrando a su paso, en las explosiones sucesivas de una nova recurrente, en el chorro de energía constante de una gigante roja hacia una enana blanca mientras las dos se orbitan mutuamente en las nubes de Magallanes, pensó en atardeceres de dos soles, pensó en asteroides orbitando en un anillo alrededor de un planeta gigante, pensó en mundos con seis lunas, pensó en estaciones espaciales colocadas en rutas impensadas, pensó en una nave impulsada por una vela solar, pensó en años y años de sueños criogénicos, pensó en meteoritos golpeando sin piedad un planeta sin atmósfera, pensó en lo poco que faltaba y entonces sí, en el último instante antes de entrar en zona de impacto, pensó en su madre, en su padre, en sus amigos, en todas y cada una de las personas que había conocido en su vida, en todos los rostros que alguna vez habían pasado ante sus ojos, en las voces, en las risas, en todas las risas, en la risa de ella y en las risas de sus hijos cuando jugaban en un cuarto contiguo, y con el sonido de las risas de sus hijos entró en el calor imposible de la estrella y su nave y su computadora de abordo y su ser se encendieron y estallaron y se pulverizaron y se fundieron y se hicieron uno en las explosiones pequeñas y mayores de ese horno transformador básico, fundamental hacedor de materiales que se combinaban y expandían y transformaban y daban origen a polvos que se juntaban en rocas que originaban asteroides y planetas que se transformaban y generaban moléculas fundamentales que creaban vidas. 





Entradas populares de este blog

Nadie se divierte en un puticlub

Nadie se divierte en un puticlub. El entorno, las luces, el decorado ya de por sí generan tristeza. Ni hablar de las miradas, lastimosas y huidizas de un lado y del otro. Nadie se siente realmente bien cuando va a un puticlub, hay en el propio acto de ir a fingir alegría un cierto tufillo a patetismo que se nota en el fondo del alma y, a veces, no tan en el fondo. Nadie elige, tampoco, trabajar en un puticlub, no si realmente pudiera elegir, no si las oportunidades le hubieran sonreído en otras partes, no si la cadena de decisiones tomadas hubiera mostrado desde el principio dónde iba a terminar. Ni siquiera los androides parecen fingir alegría con convicción. Si se tiene buen ojo, se les nota algo en sus movimientos que no termina de encajar con el papel que se les asigna. Buen ojo o cierta sensibilidad para percibir al otro.  La cita es en el puticlub y le molesta. Entiende que es territorio neutral y no vigilado por las autoridades pero, por lo mismo, el lugar ideal para una tr...

Un error de cálculo

El viaje era rutinario. Tres días para atravesar la galaxia y llegar a la estación espacial donde entregar la carga, semillas y embriones de ganado para preparar un nuevo asentamiento humano en un planeta prometedor . Nada del otro mundo, aunque sirviera para preparar, justamente, otro mundo. Tal vez por eso no prestó tanta atención. Tal vez por eso o por confiar ciegamente en los instrumentos, que tantas veces la llevaron sin problemas a cumplir con su trabajo. Tal vez por la noticia reciente de su embarazo, que martillaba su cerebro cada vez que le daba espacio. O tal vez, simplemente, porque el espacio todavía guarda algunos secretos para la soberbia del conocimiento humano. La cuestión es que la tormenta la sorprendió y no le dio tiempo para maniobras evasivas. Los meteoritos empezaron a pasar a toda velocidad y a golpear su nave en varias oportunidades, tan duro que cambiaron su trayectoria sacándola del rumbo fijado. Cuando pasó la tormenta, que no duró más que algunos segundo...

La mejor versión posible

Se echó hacia atrás en el sillón como buscando alejarse y comenzó a hablar —La humanidad está en su momento de mayor avance tecnológico y social. Hace mil años que no hay más guerras y ya a nadie se le ocurre pensar cuál podría ser la razón para que hubiera una. Hemos encontrado medicinas y terapias que nos permiten vivir plenamente más de quinientos años, y no vamos más allá sólo porque nos parece demasiado y empezamos a aburrirnos. Tenemos naves que nos llevan a otra galaxia en menos de una semana de viaje. Hemos colonizado planetas enteros y construido civilizaciones que llevan nuestra cultura a cada rincón del universo. Desarrollamos motores que casi no necesitan combustible y funcionan durante meses sin ninguna necesidad de recargar energía. Tenemos fábricas ocupadas solo por robots que construyen otros robots que sirven para otras fábricas que construyen todos los bienes que necesitamos. Desarrollamos procesadores cuánticos con capacidad para realizar millones de operaciones en u...