Ir al contenido principal

El fastidio que generan los visitantes

 Todas las noches de su vida comienza con el mismo ritual, casi como si la secuencia fuera una más de las piezas a cuidar. Arranca con la sala dedicada a Oriente y toma con cuidado los jarrones de porcelana china del siglo IV. Uno por uno y sosteniendo cada pieza en su apoyo con su mano izquierda, elimina toda mota de polvo con el pequeño aerógrafo que sostiene con la derecha, aerógrafo que jamás fue utilizado con tintas de ninguna especie y sólo suelta un suave soplido de puro aire sobre las costosas reliquias. Después pasa con cuidado una delicada muselina sobre bustos y esculturas de la sala Grecorromana, limpiando con particular esmero las zonas de acceso más complicado, las que simulan pliegues y conjunciones corporales. Aunque lleva años haciéndolo, ni una sola vez puede evitar  tener un ligero enrojecimiento en sus mejillas y sentir un cosquilleo en su espalda cuando repasa los glúteos de mármol de Alejandro, color y cosquilleo que, para su tranquilidad, nadie nota en la soledad de la sala previa al horario de apertura. En la sala Pop remueve uno por uno los vinilos exhibidos y les quita el polvo con delicadeza, mientras entorna la mirada evocando los momento vividos con cada escucha. A veces son momentos intensos, grandes puntos de su vida que generaron consecuencias notables. A veces, simplemente instantes de contemplación que le traen a la mente una persona, un perfume o un lugar que, por alguna razón, su cerebro relacionó para siempre con una canción. Con la Biblioteca sucede algo parecido. Abre con cuidado las vitrinas y toma los libros usando guantes de látex que evitan la degradación del papel por el contacto con las impurezas de la piel. Con ayuda de su aerógrafo sacude el polvo que puedan haber acumulado en las últimas veinticuatro horas y con sumo cuidado los regresa a su lugar en los estantes, verificando al finalizar que ningún volumen falte de la ubicación asignada en las fichas que constan en el fichero que también verifica a diario. En la sala de Herramientas comprueba con atención el correcto funcionamiento de cada una de las piezas exhibidas para ilustrar la evolución histórica de ese elemento diferencial de la especie humana: el uso de herramientas. Desde los primeros implementos ideados para encender fuego como los antiguos pedernales hasta el más moderno de los dispositivos de comunicación integrada o píldoras chip que el usuario ingiere con un vaso de agua y le permiten transmitir sus pensamientos a los receptores deseados durante treinta días. Uno por uno los retira de su plataforma y verifica las cargas de sus baterías si son electrónicos y el correcto estado de funcionamiento de sus mecanismos si son mecánicos. Uno por uno los repasa con su muselina y los vuelve a colocar en su lugar, verificando con orgullo que la sala se encuentre en perfectas condiciones para ser disfrutada por el público, que en los últimos cincuenta años se ha ido haciendo cada vez más escaso e infrecuente. Aunque no por escasos los visitantes le resultan menos molestos, con su inquebrantable manía de ensuciar las salas, de poner en peligro las piezas por el sólo hecho de respirarles encima sin ningún tipo de cuidado. Hace años ya que desea que el museo cierre sus puertas, que no reciba visitantes, que permita que las invaluables colecciones se conserven inmaculadas. Hace años ya que no termina de entender por qué todo su trabajo nocturno corre el riesgo de arruinarse por la mañana, con la visita obligada de los niños de la escuela del barrio. Hace años que siente ese fastidio crecer en su interior y, secretamente, ansía que alguna vez el museo sea sólo para ella, para cuidarlo siempre sin interferencias molestas, para asegurarse con tranquilidad de que cada objeto esté siempre tal como fue colocado por primera vez. Tal vez por eso fue que esa noche no la sorprendió, que no opuso resistencia, que casi agradeció con la mirada cuando la nueva Unidad de Cuidado Específico de Reliquias (UCER) la condujo amablemente hasta la plataforma en el desván y la colocó sobre el pedestal que estaba señalado con su nombre mientras con el pequeño aerógrafo del brazo neumático comenzaba a soplar entre los dedos de sus pies, removiendo toda posible mota de polvo mientras ella lograba su sueño, volverse una con la colección.

 



 "Mi vecino riega sus malvones de plástico" disponible en Amazon

Entradas populares de este blog

Un error de cálculo

El viaje era rutinario. Tres días para atravesar la galaxia y llegar a la estación espacial donde entregar la carga, semillas y embriones de ganado para preparar un nuevo asentamiento humano en un planeta prometedor . Nada del otro mundo, aunque sirviera para preparar, justamente, otro mundo. Tal vez por eso no prestó tanta atención. Tal vez por eso o por confiar ciegamente en los instrumentos, que tantas veces la llevaron sin problemas a cumplir con su trabajo. Tal vez por la noticia reciente de su embarazo, que martillaba su cerebro cada vez que le daba espacio. O tal vez, simplemente, porque el espacio todavía guarda algunos secretos para la soberbia del conocimiento humano. La cuestión es que la tormenta la sorprendió y no le dio tiempo para maniobras evasivas. Los meteoritos empezaron a pasar a toda velocidad y a golpear su nave en varias oportunidades, tan duro que cambiaron su trayectoria sacándola del rumbo fijado. Cuando pasó la tormenta, que no duró más que algunos segundo...

La mejor versión posible

Se echó hacia atrás en el sillón como buscando alejarse y comenzó a hablar —La humanidad está en su momento de mayor avance tecnológico y social. Hace mil años que no hay más guerras y ya a nadie se le ocurre pensar cuál podría ser la razón para que hubiera una. Hemos encontrado medicinas y terapias que nos permiten vivir plenamente más de quinientos años, y no vamos más allá sólo porque nos parece demasiado y empezamos a aburrirnos. Tenemos naves que nos llevan a otra galaxia en menos de una semana de viaje. Hemos colonizado planetas enteros y construido civilizaciones que llevan nuestra cultura a cada rincón del universo. Desarrollamos motores que casi no necesitan combustible y funcionan durante meses sin ninguna necesidad de recargar energía. Tenemos fábricas ocupadas solo por robots que construyen otros robots que sirven para otras fábricas que construyen todos los bienes que necesitamos. Desarrollamos procesadores cuánticos con capacidad para realizar millones de operaciones en u...

Sobrecitos de azúcar

 —Es que ya hace mucho tiempo, no sé si estoy preparada para esto, es más, sé perfectamente que no estoy preparada, que no voy a poder. —Claro que estás preparada, lo practicamos un montón de veces. —Pero no es lo mismo, con vos no es lo mismo. —Pero claro que es lo mismo; es más, es lógico que conmigo sea más complicado, con él tiene necesariamente que ser más natural. —Eso es un prejuicio, no tiene por qué ser más natural, natural es lo que una hace todos los días y yo todos los días estoy con vos, para mi esto es lo natural. —No, esto es a lo que estás acostumbrada, que no es lo mismo. Las costumbres son más fáciles siempre. —Justamente por eso, con él me voy a poner muy nerviosa, me gustan mis costumbres, me permiten vivir en paz, me tranquilizan, me garantizan que todo va a seguir de acuerdo a lo que ya conozco, que no va a haber sorpresas, no me gustan las sorpresas, de hecho, ya estoy nerviosa y todavía no lo veo. Nada, mejor lo doy de baja, nos olvidamos del tema y a otra c...