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Mi vecino riega sus malvones de plástico

—Mi vecino riega sus malvones de plástico, ¿le aviso? ¿Realmente será que no se dio cuenta? Eso es imposible, ya han pasado muchos años desde la glaciación, no hay manera de que no sepa que los malvones se extinguieron hace demasiado tiempo y,  sin embargo, todas las mañanas sale a su balcón y los riega con cuidado, poniendo la cantidad de agua potencialmente justa, la que sería necesaria para la vida, la que los alegraría sin ahogarlos. Y no son clones, no son plantas genéticamente creadas para imitar a los malvones antiguos, no, son de plástico, lo sé porque las puso el dueño anterior del departamento, el que vivía ahí hace cinco años, el que se marchó a las colonias del oeste marciano. Él fue quien decoró ese balcón con los malvones de plástico y lo hizo, justamente, porque viajaba mucho y no podía ocuparse de seres vivos, ni siquiera de plantas, a pesar de todos los sistemas automáticos de riego disponibles. Ni él ni yo éramos tipos de hablar mucho pero alguna palabra hemos cruzado de balcón a balcón y me lo contó en su momento, casi como disculpándose, un día que me veía trabajar en el mantenimiento de mis plantas. No creas que a mi no me gustan las plantas reales, me dijo, lo que pasa es que viajo mucho, no podría ocuparme, y yo asentí, más por compromiso que por convicción, como se asiente en ese tipo de charlas que no involucran nada más que cierto comportamiento social, cierta buena conducta imprescindible para no matarnos entre todos, esas normas que aprendimos a fuego después de la última guerra, la que trajo la glaciación, la que se llevó casi toda la vida incluyendo los malvones.
Cada vez que veo a mi vecino regar sus malvones de plástico pienso lo mismo y cada vez que lo pienso no consigo llegar a una conclusión. Estoy seguro de que sabe que son de plástico, no puede no saberlo, no hay forma de que no se haya dado cuenta, de que no vea que por más que los riegue nunca crecen, nunca cambian, siempre están exactamente iguales. Tiene que saberlo, no puede ser tan iluso, pero la sonrisa con la que reparte el agua entre los canteros es digna de otra realidad, de plantas auténticas, de cuidado por seres vivos que lo merecen y lo necesitan. Debería avisarle, pero me da temor romper su ilusión, quitarle una rutina cotidiana que parece complacerlo. En un mundo como este, encontrar pequeños placeres puede hacer toda la diferencia, pero a la vez, ¿autoengañarse no es una manera peligrosa de vivir? ¿No te lleva a confundir fantasías y realidades? ¿Qué hago? ¿Le aviso?
Lumi me miró con esa sonrisa que le ilumina la mirada y saca siempre lo mejor de mi. Con su voz suave me dijo:
—No sé muy bien qué esperás que te conteste, sabés que estoy programada para complacerte y que voy a estar de acuerdo con todo lo que hagas, pero no, yo no le avisaría, lo dejaría ser feliz con lo que quiere.



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