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El androide y la pecera

Su nombre de serie era B3T0-3758 pero todos lo llamaban Beto desde que, en la primera misión de reconocimiento a la que fue enviado junto a una tripulación de humanos demasiado jóvenes, uno de ellos decidió que la sigla era impronunciable y llamarlo por el número final era despersonalizarlo. Por eso le imprimieron una gorra con su nombre en la frente, gorra que fue renovada varias veces a lo largo de tantos años de servicio y, con el tiempo, hasta le personalizaban las prendas reglamentarias. La verdad es que a Beto el tema de la despersonalización o no nunca pareció que le importara, no estaba programado para ese tipo de emociones, pero de alguna manera no descriptible en sus sistemas pareció que su nuevo nombre le caía bien y lo uso en los cincuenta años de trabajo en la corporación minera Galaxia NGC185 con las sucesivas tripulaciones para las que sirvió como explorador. Que ese androide se llamaba Beto ya lo sabían todos y era absolutamente normal, incluso en los períodos en los qu...

Vida de perros

La primera vez que conoció el sistema le voló la cabeza y, a la vez, le generó una enorme frustración. Tenía cinco años y uno de sus amigos le contó lo que sus padres le iban a regalar para su cumpleaños. Al principio realmente no lo podía creer, pensaba que no era posible. Claro, genoma , ADN , y cromosomas no eran conceptos que un chico de su edad ni siquiera hubiera escuchado con frecuencia. Muchísimo menos la idea que pudieran ser reorganizados a voluntad mediante un procedimiento externo y que esta reorganización podía, incluso, convertirte en otra cosa, en un ser vivo de otra especie. Y que encima el procedimiento pudiera ser reversible era ya, directamente, cosa de un dibujo animado. Pero no, aparentemente era real y los padres de su amigo le habían regalado para su cumpleaños una semana de vida de perros, lo llevarían a un lugar donde una máquina reordenaría sus genes, cambiaría las secuencias de su ADN (eso le dijo, “secuencias de su ADN”, como si él entendiera de lo que habl...

Un problema cuántico

Su cabeza estaba a punto de estallar. Su cabeza y todo su cuerpo. Sentía la ira crecer desde su estómago y tomar dominio de su ser, buscando la acción que permitiera la descarga. Qué maravilloso sería tener el poder de explotar en una combustión descontrolada, que tirara abajo todo el sector con sus edificios, sus plazas, sus comercios y con él, sobre todo con él. Él y su sonrisa bobalicona. Él y su sarcasmo hiriente. Él y su necedad irreductible. Él y su absoluta imposibilidad de empatizar, de aunque sea por un momento ponerse en su lugar y decir eso que ella estaba esperando, eso que ella necesitaba oír, aunque sea sólo por mostrarle que a él le interesaba y que quería su bienestar, aunque sea sólo por hacerla feliz un rato, ese rato que faltaba para marcharse al centro de partida y subirse a la nave que la llevaría a las colonias en un viaje de trescientos años de criosueño. ¿Cómo dormir trescientos años con esta furia? Nunca le gustó irse a dormir enojada, ¿Cómo soportarlo ahora, j...