Cuando llegaron al planeta tenía apenas diez años de edad y una infinita tristeza. No entendía por qué habían tenido que abandonar su hogar en la Tierra, por qué había tenido que dejar a sus amigos atrás ni por qué habían tenido que viajar a un lugar tan remoto que hacía casi imposible pensar en la idea de algún día poder volver. Si el trabajo los obligaba a irse tan lejos, a vivir en un mundo totalmente desconocido, entonces sus padres deberían cambiar de trabajo y listo, no era su culpa que en la Tierra ya no existieran casi oportunidades para granjas pequeñas ni que el dinero no alcanzara. No entendía nada ni quería entender acerca de los beneficios que la corporación agrícola otorgaba a los colonos ni las hectáreas de tierra que acompañaban a la vivienda que les entregaban, vivienda con la que ni siquiera podrían soñar en su planeta original. No entendía, no le importaba y no quería entender. Por más que la nueva casa fuera cálida y luminosa, por más que los suelos fueran fértiles ...
Un desperfecto en los propulsores lo obligó a salir del túnel en un lugar equivocado, demasiado cerca de un agujero negro enorme cuya atracción gravitacional había, probablemente, complicado el rumbo trazado originalmente. El problema se agravaba justamente porque ese defecto en los propulsores le impedía escaparse de la fuerza gravitacional que marcaba un final inexorable para su viaje, perdiéndose en la oscuridad y el silencio para toda la eternidad. Tantos años de recorrer el espacio le habían enseñado a no desesperarse ante ninguna circunstancia, por lo que en lugar de angustiarse sopesó detenidamente sus posibilidades mientras su nave flotaba lentamente hacia el que, parecía, sería su último acto. Y justamente este pensamiento fue el que empezó a molestarle, su último acto no podía, no debía ser desaparecer en la nada sin ninguna consecuencia visible, sin que nadie siquiera se enterara. Algo tenía que poder hacer para torcer su destino y, después de evaluarlo todo, entendió que ju...