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Alas en la espalda

Corre en zigzag. Se refugia en un pórtico. Mira hacia atrás y no lo ve, pero sabe que ahí debe estar; lo siente, lo sufre. Sale otra vez y corre hasta el árbol, pega la espalda al tronco y vuelve a mirar hacia todos lados. Su actitud llama la atención de los que caminan por esa vereda, pero no le importa, sólo puede estar atento al peligro que lo acecha como todos los días. Sabe que tiene que seguir, aunque cada vez se le haga más difícil. Sabe que no puede volver a su casa, que no puede volver a pedir el día sin un argumento convincente. Sabe que su jefe ya lo tiene en la mira, que no va a perdonarle otra. Sabe que ni siquiera puede darse el lujo de volver a llegar tarde. Se despega del árbol y corre a toda velocidad para tratar de llegar hasta la esquina, para refugiarse en la parada de colectivos, pero enseguida escucha el aleteo que se acerca y no necesita darse vuelta para que en la cara le explote el horror. A su lado ve su sombra correr con alas en su espalda mientras siente como las garras del buitre atraviesan su chaqueta y se le clavan en las carnes y otra vez empieza la lucha. El pájaro intentando convertirse en parte de su cuerpo y sus músculos dorsales resistiendo el ataque mientras la gente se aleja como si tuviera alguna enfermedad contagiosa. Aunque nadie mire la escena, nadie escuche sus gritos y, por supuesto, nadie lo ayude. Apenas alguno lo esquiva farfullando insultos cuando se tira al piso y frota su espalda contra las baldosas, obligando al buitre a soltar por un momento su cuerpo y elevarse para buscar un mejor ángulo de ataque. Lo pierde de vista, pero sabe que ahí está, esperando, acechando. Sabe que en cuanto separe la espalda del piso volverá a caer en picada desde algún lugar invisible. Sabe que no va a darle tregua, nunca se la da. Sabe que hasta que no pueda meterse en un lugar cerrado estará a merced de ese maldito pájaro que lo tomó de punto hace unos meses. No entiende por qué se la agarró con él, pero sabe que no tiene otra posibilidad que resistir, que atravesar las tres cuadras que separan a su casa de la oficina luchando por escapar de las garras de ese buitre gigantesco que parece tener como único objetivo en su vida fusionarse con su espalda y convertirse en uno con él, integrarse con su cuerpo, meterse dentro para crear una especie de monstruo alado, de gárgola gigante que no sea ni hombre ni pájaro sino otra cosa, algo nuevo y diferente, algo con dos piernas y alas en la espalda. Una especie nueva o, tal vez, el regreso de una muy antigua. Él no puede permitirlo, debe defender su esencia, debe permanecer humano, no puede rendirse, no puede dejar que lo conviertan en otra cosa. Pero el camino es larguísimo y cada día los ataques son más feroces. Ya no sabe cómo va a poder seguir resistiendo. Su espalda parece ya no poder más. Aunque las heridas no se vean. Aunque los médicos le digan que no tiene ninguna cicatriz. Aunque el psiquiatra no le acierte con las pastillas. Es que todos se equivocan al no ver lo evidente: el buitre que lo persigue no va a abandonarlo, va a seguir intentando su ataque hasta que logre su propósito. No tiene otra meta en su vida. Esta es su esencia. Este es su propósito y va a cumplirlo. Por un momento piensa en cruzar la calle arrastrando la espalada contra el asfalto, pero un estúpido pudor lo detiene. No puede llegar a su trabajo arrastrándose como un reptil, no puede destrozar su ropa en el camino, no puede resignarse a no caminar más sobre sus piernas, no tiene sentido perder la poca humanidad que conserva por temor a un buitre implacable que sólo él parece ver. Tiene que volver a erguirse y caminar los metros que le faltan. Tiene que lograrlo, aunque sea corriendo en zigzag, aunque sea tomando pequeños refugios temporales. Tiene que seguir y hacerlo ya. Y entonces se levanta y camina dos pasos firmes antes de empezar a correr. Cruza la calle sin mirar y casi sin escuchar el bocinazo del colectivo que circula apurado por cumplir el horario ni los gritos de la gente que se horroriza ante la escena mientras desaparece de su vista cuando siente cómo se hunden en su espalda las garras del buitre, como penetran sus patas, como el pico le estalla en medio del cerebro, como el ave se funde en su torso y siente ahora que puede mover las alas, esas alas de plumas oscuras que ahora son sus alas y las despliega en toda su envergadura y baten más de tres metros levantando polvo y hojas secas y entonces ve cómo sus pies despegan del suelo y se elevan y entiende que está volando, que el suelo empieza a carecer de sentido, que la multitud agolpada en la esquina para ver la escena se hace minúscula, insignificante, que el barrio no existe, que ya no llegará a su trabajo nunca más, que ya no le importará absolutamente nada de lo que conocía como lo conocía, que ya su mundo no es este mundo.



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