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Un hombre común


Foto: Anibal Rodolico
Juan es un hombre común, como cualquiera. Se levanta a las siete menos cuarto todos los días, corre unos cuarenta y cinco minutos, se baña, desayuna y sale a trabajar. Tiene un trabajo común, como el de todo el mundo, que le ocupa unas diez horas del día. En sus días de trabajo muchas veces se aburre, algunas se apasiona y unas pocas son jornadas realmente excepcionales, pero eso sí, en ninguno producirá nada irremplazable en la historia universal, como casi todo el mundo por otra parte. Juan tiene una novia especial, como todos y unos amigos fantásticos, como cualquiera. Los ve un par de veces a la semana, por la noche, cuando el trabajo se termina y la vida que se parece a la vida empieza. Los ve por algunas horas y eso le permite volver feliz a su casa y estirarse en el potro, como todo el mundo. Juan empezó estirando lo justo, con las ataduras de tobillos y muñecas habituales, pero poco a poco fue perfeccionando la estirada y añadiendo puntos de enganche. Una correa en la base de su mandíbula le permite estirar el cuello. Un par de piercings en sus tetillas le abren el pecho. Unas palancas bastante ingeniosas le separan las rodillas y, lo último de su creación, dos ganchos de carnicero tiran de la grasa de su cintura. Juan quiere progresar, como todos. Se esfuerza en su trabajo y en sus diversiones. Cuida su físico. Y suma presión en su estirada. Saca un crédito para comprar un piso. Más presión. Pelea por el ascenso. Más presión. Engordó unos kilos. Se estira más. Se pasó de dieta. Más presión. Su novia especial conoció a alguien más especial. Unos puntos más. La hipoteca se hace difícil. Más presión. Sus músculos ya se tensan al límite. Más presión. En su trabajo están despidiendo gente. Más presión. Necesita un auto nuevo. Más. Un punto más. Su cuerpo está literalmente colgado de diez puntos distintos y la tensión llega a un nivel que parece que sus músculos podrían cortarse con una hoja de papel. Consiguió el ascenso. Un puntito más. La secretaria le hace caritas. Más. Necesita comprarse la ropa de última moda. Necesita el último ipod. Más presión. Necesita ir a la disco y tomar las pastillitas de colores. Más presión. El último ipod ya no era el último cuando lo sacó de la caja. Más presión. La juventud se le va. Más presión. Más presión. Más presión. Más. Más. Y sin aviso, su cuerpo estalla en miles de pedazos, como el de todos, y sus fragmentos quedan rebotando entre las cuatro paredes de su departamento, derramando sangre y humores sobre la alfombra persa.
Y ahí anda Juan ahora, tratando de reunir sus partes y volver a ser, como todos. 






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