Sonríe y le entrega la flor. Es un crisantemo púrpura de un color muy intenso, como la capa de un obispo de los que uno se imagina que usan capa púrpura y de ahí lo de purpurados. Casi lo único que se ve por un momento es esa mancha de color en el entorno gris. Una luz frágil, elegante, pura en medio de un fondo impreciso. Es un instante de primerísimo primer plano de la flor con su paz y entonces sí, se escucha el crujido, la cámara vuelve a abrirse y se ve la rajadura que empieza a correr justo justo entre medio de los dos, que corre y corre hasta que se abre la tierra y el banco en el que estaban sentados se parte al medio y los separa mientras sus manos se extienden para juntarse, una vacía, la otra con el crisantemo púrpura que parece más frágil en medio del mundo que se fractura. Y las manos casi llegan a rozarse pero la rajadura se abre más y el hueco en la tierra empieza a tragarse todo lo que los sostiene mientras ellos se afanan por saltar de roca en roca para volver a juntarse, siempre con sus brazos estirados, siempre con sus manos a punto de tocarse, siempre a unos centímetros inalcanzables. Y entonces la grieta se hace más grande y se traga las mitades del banco y de la plaza y de la ciudad y ya parece que ellos no van a encontrar apoyo y también van a caer, pero se afirman sobre dos pedruscos más pequeños que sus zapatos. Y se miran y sonríen mientras el mundo se hunde a su alrededor. Y entonces parece que por fin sí van a poder juntarse y ella estira sus dedos que sostienen el crisantemo y él duplica el largo de su brazo y ya casi le toma la mano y ve que a espaldas de ella ya es todo el país lo que cae en la grieta y desaparece en el fondo oscuro y siente que a su espalda el océano también se hunde en la grieta y que su pedrusco ya se hace inestable y empieza a moverse por la atracción del vacío y entonces hace un esfuerzo enorme y ya parece que alcanza la mano tendida de ella y es justo justo en ese instante cuando ella lo mira con una sonrisa breve y abre su mano, dejando que el crisantemo flote por un segundo en el aire, a escasos milímetros de sus dedos y después caiga irremediablemente en el agujero negro que los separa, mientras le dice -No, gracias.- y se da media vuelta y salta de su pedrusco para perderse en la grieta inmensa, dejándolo con la vista clavada en esa forma púrpura que se hace cada vez más pequeña en medio de la negrura.
Su nombre de serie era B3T0-3758 pero todos lo llamaban Beto desde que, en la primera misión de reconocimiento a la que fue enviado junto a una tripulación de humanos demasiado jóvenes, uno de ellos decidió que la sigla era impronunciable y llamarlo por el número final era despersonalizarlo. Por eso le imprimieron una gorra con su nombre en la frente, gorra que fue renovada varias veces a lo largo de tantos años de servicio y, con el tiempo, hasta le personalizaban las prendas reglamentarias. La verdad es que a Beto el tema de la despersonalización o no nunca pareció que le importara, no estaba programado para ese tipo de emociones, pero de alguna manera no descriptible en sus sistemas pareció que su nuevo nombre le caía bien y lo uso en los cincuenta años de trabajo en la corporación minera Galaxia NGC185 con las sucesivas tripulaciones para las que sirvió como explorador. Que ese androide se llamaba Beto ya lo sabían todos y era absolutamente normal, incluso en los períodos en los qu...