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El Sanador

Estoy en la fila, como todos. Delante de mí debe haber unas cincuenta o cien personas, no soy muy bueno para calcular. Detrás de mi, otras tantas. O tal vez más. Hay de todo. Hombres, mujeres, chicos, animales e incluso hasta algunas plantas. No sé quién las trajo, parece que hubieran venido solas pero cada vez que levanto la vista las veo conservando su lugar en la fila, avanzando a paso lento como todos, deslizando sus macetones sin hacer ruido, sin decir palabra. En realidad, son las únicas que no hablan. En la fila todos comentan sus dolencias con los ocasionales vecinos, estableciendo una intimidad casual amparada en la necesidad común, en la circunstancia desgraciada y a la vez feliz. Desgraciada por el motivo. Feliz por la solución al alcance de la mano. Como la señora que explica a los cuatro vientos que ella no cree, pero que viene por su hijo, que si cree y está en cama esperando su pedazo. Dice que sólo necesita un pedacito pequeño, que con unos gramos se arregla. O los tullidos, que miran excitados como la gente que sale mascando no muestra ninguna dolencia. En sus ojos se ve la ansiedad de la sanación allí, apenas a unos metros de distancia, tan sólo al costo de un poco más de paciencia, de soportar la fila interminable de necesitados por algunas horas más o tal vez por algunos días más, es que la fila avanza tan lenta... O los desamparados, que buscan un poco de abrigo. O los desempleados, que saben que con su pedazo multiplicarán el pan. O los despechados que recuperarán su amor. O los desangelados, que encontrarán quien proteja su sueño reparador. Todos comentan su espera y en sus relatos compiten por ser el más desgraciado, el más abandonado, el más lastimado. Todos hacen la fila para llevarse su pedazo del cuerpo del sanador, que tendido sobre un lecho de madera va desgarrando sus carnes rebosantes de soluciones, regenerando los músculos con cada corte para volver a sangrar profusamente en la siguiente entrega, regando a todas las criaturas que logren acercarse con el rojo elixir de la vida, ese líquido precioso capaz de darle a cada uno lo que desea. Estoy en la fila y no sé cuánto tiempo llevo esperando. Avanzamos de a poco, muy lentamente pero avanzamos. Y sin embargo parece que siempre hubiera la misma cantidad de gente antes de llegar hasta el sanador, que cada una de las personas que veo salir no hiciera que mi espera pudiera acortarse, no disminuyera la fila interminable. Estoy en la fila y ya no recuerdo por cuál de todas mis dolencias es que he venido. Busco paciencia y espero mi turno tranquilo aunque con un ligero cosquilleo de ansiedad. Estoy en la fila y no puedo entender cómo de repente me encuentro frente a la puerta. No tengo ya noción del tiempo, que se hace lento, inmutable y a la vez presente y extraño, como si de repente hubiera cobrado dimensionalidad tangible. La puerta se abre. Entro y encuentro al sanador. Ya nadie se interpone entre nosotros. Apenas hay unos centímetros de distancia. Y entonces lo veo a los ojos, veo sus lágrimas, veo su enorme sufrimiento mientras intenta hundir su cuchillo afilado para desgarrar otro poco de sus carnes que ya son magras, apenas suficientes para cubrir sus huesos. Está bañado en sangre, lacerado, doliente. No gime ni se queja, pero es evidente que sufre y mucho. Ya está a punto de cortarse cuando detengo su mano y no dejo que lo haga. Me mira. Le sonrío y veo en sus ojos algo que se parece al alivio. Y entonces ya no lo veo y salgo. La fila sigue siendo interminable. Mis dolencias acabaron. 



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