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Corte

- Debería haberlo sabido. Al menos me tendría que haber imaginado algo. No es que ella no fuera amable habitualmente; no, no es eso. La cosa tiene que ver con el tema en cuestión y con no sentar precedentes y ese tipo de boludeces. Por eso tendría que haberle dicho que no de entrada y sin dar demasiadas explicaciones, sin siquiera pensar en alguna excusa. Ella habría entendido. Seguramente se hubiera enojado, pero habría entendido (el juego es sutil y se desarrolla en muchos frentes). Pero no; como un boludo no me di cuenta y acepté. Hasta me parecía divertido y le dije que bueno, que me cortara el pelo, que la verdad era que lo necesitaba. Y entregué. Antes de empezar me di cuenta que había perdido pero ya no tenía salida. Cuando vi el brillo de sus ojos en el espejo mientras empuñaba las tijeras entendí, pero era tarde. Y ella también lo sabía. Por eso tenía esa mueca que era mucho más que una sonrisa y hablaba de poder y de triunfo. Y no hubo posibilidad de quejas. El corte fue perfecto. Ella conocía mi cara, mi cuerpo y mis gustos mejor que nadie (“mejor que vos mismo”, solía decir) y su mano tuvo la precisión de un cirujano. No hubo más remedio que adoptar la costumbre y dejarla cortarme el pelo todos los meses, cada vez más corto, cada vez más prolijo. Entonces fue lo de la fractura y la propuesta inevitable. Ahí lo supe de entrada pero no tenía manera de resistir. Y dejé que me cortara las uñas de los pies. Con prolijidad, con esa mueca que ya le conocía trabajó mejor que cualquier especialista, tomándose todo el tiempo del mundo para lograr un acabado perfecto. Tan bien quedaron que lo tomó como una virtud personal y se llenaba de orgullo cada vez que le mostraba su obra a sus amigas. Cuando me sacaron el yeso me di cuenta que con el volumen que había adquirido mi vientre me resultaba francamente dificultoso alcanzar la zona por mis propios medios y tuve que dejarla seguir haciéndolo. Lo siguiente fue el paso obvio. Empezó recortando callosidades y pellejos, y no tardó en ofrecerme redondear un poco los dedos, que eran francamente antiestéticos en medio del paisaje de pulcritud que había creado. No me animé a decirle que no y puso manos a la obra. Uno por uno recortó los dedos de mis pies dándoles una formita graciosa y redondeada, como pequeñas cuentas de un collar imaginario. Ahora sí podía lucir las sandalias que ella me había regalado, creo que con la secreta intención de mostrar al mundo su trabajo, y que me ayudaba a poner en toda ocasión. De hecho, hacía bastante tiempo que me elegía la ropa, no solo a la hora de comprarla sino también en el momento de usarla. “Ponete esta camisa” o “aquella corbata te queda mejor” (no sé cuando empecé a usar corbata, creo que ella me las regaló) eran las frases que se escuchaban en mi casa todas las mañanas. Esas y el “Portate bien” que acompañaba mi salida diaria hasta que me regaló la computadora, empecé a trabajar en casa y ya no salí.
-¿No querés que te recorte un poco las piernas? Vas a estar más cómodo para sentarte, la mesita es tan chiquita.- Me dijo con su sonrisa inocente (ahora creo que compró la mesita chiquita a propósito, pero ya es tarde). Mis piernitas son francamente más cómodas ahora que cuando las usaba para correr a grandes pasos y, además, son una preciosidad de miniatura. Como el resto de mi cuerpo, que recortó prolijamente para que resultara un conjunto redondeado y armonioso (sin dudas mucho más redondeado y armonioso que cuando me conociera). Y es que ella siempre había tenido mejor gusto que yo para todo, como me dijera cuando decoró nuestra casa. Por eso acepto su criterio a la hora de elegir cualquier cosa, cuando salimos a pasear y comprar (para ella siempre fueron sinónimos) y me lleva en la carriola junto a nuestro hijo. Y es por él que digo que debería haberlo sabido. Por la forma en que abrió sus ojazos de bebé y me miró pidiendo socorro cuando ella empezó a cortarle el pelo. Porque él se dio cuenta enseguida, pero yo ya no podía hacer nada.


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