Camino por el borde de un vaso. Es estrecho, pulido, resbaloso y, por supuesto, curvo. La curvatura es lo que define la esencia del vaso. He visto intentos de vasos cuadrados pero nunca me parecieron vasos. La curvatura y el poseer fondo. Mi vaso es curvo –cilíndrico diría mi profesor de geometría- y tiene un fondo lejano que no alcanzo a divisar. Está lleno de un líquido oscuro que parece agitarse con un maremoto en miniatura. Es una suerte que mis vasos siempre estén llenos. O al menos que yo siempre los vea así. Conozco demasiada gente con vasos vacíos. Es más, conozco demasiada gente que trata de convencerme de que mis vasos están vacíos. Aunque yo los veo llenos. Siempre. Incluso éste por el que camino con cuidado, tratando de no resbalar.
Camino por el borde pulido teniendo a un lado el líquido oscuro con su oleaje y al otro un precipicio interminable. El precipicio es luminoso pero no alcanzo a ver el fondo. Estoy seguro que la caída sería fatal. Aunque no vea el fondo, aunque no lo imagine.
Camino por el borde de un vaso cuidando de no despegar mis pies del vidrio. Tengo la sensación permanente de que en cuanto uno de mis pies pierda el contacto con la superficie el otro resbalará irremisiblemente. Es así que los voy deslizando por turnos, casi como si estuviera patinando sobre el cristal, sin encontrar resistencia en la superficie pero sin posibilidad de cambiar la posición de mis pies, siempre el izquierdo delante del derecho. Cada vez que el derecho avanza hasta casi tocar al izquierdo, este vuelve a alejarse hacia adelante la distancia de un nuevo paso. Cada vez que el izquierdo se aleja, el derecho vuelve a acortar las distancias y rozarle el talón, en un juego que no puedo detener. Como no levanto los pies, tampoco puedo cambiar de dirección por lo que camino siempre hacia adelante, redoblando mis esfuerzos para volver a estar siempre en el mismo lugar al completar la circunferencia, avanzando siempre por el borde de un vaso frágil y resbaloso, con el líquido oscuro que se agita a un lado y el precipicio al otro.
El viaje era rutinario. Tres días para atravesar la galaxia y llegar a la estación espacial donde entregar la carga, semillas y embriones de ganado para preparar un nuevo asentamiento humano en un planeta prometedor . Nada del otro mundo, aunque sirviera para preparar, justamente, otro mundo. Tal vez por eso no prestó tanta atención. Tal vez por eso o por confiar ciegamente en los instrumentos, que tantas veces la llevaron sin problemas a cumplir con su trabajo. Tal vez por la noticia reciente de su embarazo, que martillaba su cerebro cada vez que le daba espacio. O tal vez, simplemente, porque el espacio todavía guarda algunos secretos para la soberbia del conocimiento humano. La cuestión es que la tormenta la sorprendió y no le dio tiempo para maniobras evasivas. Los meteoritos empezaron a pasar a toda velocidad y a golpear su nave en varias oportunidades, tan duro que cambiaron su trayectoria sacándola del rumbo fijado. Cuando pasó la tormenta, que no duró más que algunos segundo...