Camino por el borde de un vaso. Es estrecho, pulido, resbaloso y, por supuesto, curvo. La curvatura es lo que define la esencia del vaso. He visto intentos de vasos cuadrados pero nunca me parecieron vasos. La curvatura y el poseer fondo. Mi vaso es curvo –cilíndrico diría mi profesor de geometría- y tiene un fondo lejano que no alcanzo a divisar. Está lleno de un líquido oscuro que parece agitarse con un maremoto en miniatura. Es una suerte que mis vasos siempre estén llenos. O al menos que yo siempre los vea así. Conozco demasiada gente con vasos vacíos. Es más, conozco demasiada gente que trata de convencerme de que mis vasos están vacíos. Aunque yo los veo llenos. Siempre. Incluso éste por el que camino con cuidado, tratando de no resbalar.
Camino por el borde pulido teniendo a un lado el líquido oscuro con su oleaje y al otro un precipicio interminable. El precipicio es luminoso pero no alcanzo a ver el fondo. Estoy seguro que la caída sería fatal. Aunque no vea el fondo, aunque no lo imagine.
Camino por el borde de un vaso cuidando de no despegar mis pies del vidrio. Tengo la sensación permanente de que en cuanto uno de mis pies pierda el contacto con la superficie el otro resbalará irremisiblemente. Es así que los voy deslizando por turnos, casi como si estuviera patinando sobre el cristal, sin encontrar resistencia en la superficie pero sin posibilidad de cambiar la posición de mis pies, siempre el izquierdo delante del derecho. Cada vez que el derecho avanza hasta casi tocar al izquierdo, este vuelve a alejarse hacia adelante la distancia de un nuevo paso. Cada vez que el izquierdo se aleja, el derecho vuelve a acortar las distancias y rozarle el talón, en un juego que no puedo detener. Como no levanto los pies, tampoco puedo cambiar de dirección por lo que camino siempre hacia adelante, redoblando mis esfuerzos para volver a estar siempre en el mismo lugar al completar la circunferencia, avanzando siempre por el borde de un vaso frágil y resbaloso, con el líquido oscuro que se agita a un lado y el precipicio al otro.
La primera vez que conoció el sistema le voló la cabeza y, a la vez, le generó una enorme frustración. Tenía cinco años y uno de sus amigos le contó lo que sus padres le iban a regalar para su cumpleaños. Al principio realmente no lo podía creer, pensaba que no era posible. Claro, genoma , ADN , y cromosomas no eran conceptos que un chico de su edad ni siquiera hubiera escuchado con frecuencia. Muchísimo menos la idea que pudieran ser reorganizados a voluntad mediante un procedimiento externo y que esta reorganización podía, incluso, convertirte en otra cosa, en un ser vivo de otra especie. Y que encima el procedimiento pudiera ser reversible era ya, directamente, cosa de un dibujo animado. Pero no, aparentemente era real y los padres de su amigo le habían regalado para su cumpleaños una semana de vida de perros, lo llevarían a un lugar donde una máquina reordenaría sus genes, cambiaría las secuencias de su ADN (eso le dijo, “secuencias de su ADN”, como si él entendiera de lo que habl...