Camino por el borde de un vaso. Es estrecho, pulido, resbaloso y, por supuesto, curvo. La curvatura es lo que define la esencia del vaso. He visto intentos de vasos cuadrados pero nunca me parecieron vasos. La curvatura y el poseer fondo. Mi vaso es curvo –cilíndrico diría mi profesor de geometría- y tiene un fondo lejano que no alcanzo a divisar. Está lleno de un líquido oscuro que parece agitarse con un maremoto en miniatura. Es una suerte que mis vasos siempre estén llenos. O al menos que yo siempre los vea así. Conozco demasiada gente con vasos vacíos. Es más, conozco demasiada gente que trata de convencerme de que mis vasos están vacíos. Aunque yo los veo llenos. Siempre. Incluso éste por el que camino con cuidado, tratando de no resbalar.
Camino por el borde pulido teniendo a un lado el líquido oscuro con su oleaje y al otro un precipicio interminable. El precipicio es luminoso pero no alcanzo a ver el fondo. Estoy seguro que la caída sería fatal. Aunque no vea el fondo, aunque no lo imagine.
Camino por el borde de un vaso cuidando de no despegar mis pies del vidrio. Tengo la sensación permanente de que en cuanto uno de mis pies pierda el contacto con la superficie el otro resbalará irremisiblemente. Es así que los voy deslizando por turnos, casi como si estuviera patinando sobre el cristal, sin encontrar resistencia en la superficie pero sin posibilidad de cambiar la posición de mis pies, siempre el izquierdo delante del derecho. Cada vez que el derecho avanza hasta casi tocar al izquierdo, este vuelve a alejarse hacia adelante la distancia de un nuevo paso. Cada vez que el izquierdo se aleja, el derecho vuelve a acortar las distancias y rozarle el talón, en un juego que no puedo detener. Como no levanto los pies, tampoco puedo cambiar de dirección por lo que camino siempre hacia adelante, redoblando mis esfuerzos para volver a estar siempre en el mismo lugar al completar la circunferencia, avanzando siempre por el borde de un vaso frágil y resbaloso, con el líquido oscuro que se agita a un lado y el precipicio al otro.
Su nombre de serie era B3T0-3758 pero todos lo llamaban Beto desde que, en la primera misión de reconocimiento a la que fue enviado junto a una tripulación de humanos demasiado jóvenes, uno de ellos decidió que la sigla era impronunciable y llamarlo por el número final era despersonalizarlo. Por eso le imprimieron una gorra con su nombre en la frente, gorra que fue renovada varias veces a lo largo de tantos años de servicio y, con el tiempo, hasta le personalizaban las prendas reglamentarias. La verdad es que a Beto el tema de la despersonalización o no nunca pareció que le importara, no estaba programado para ese tipo de emociones, pero de alguna manera no descriptible en sus sistemas pareció que su nuevo nombre le caía bien y lo uso en los cincuenta años de trabajo en la corporación minera Galaxia NGC185 con las sucesivas tripulaciones para las que sirvió como explorador. Que ese androide se llamaba Beto ya lo sabían todos y era absolutamente normal, incluso en los períodos en los qu...